Barroco academicista del casco histórico
Construida en 1651, obra de Juan Ibáñez
Quien baja por la calle Mayor desde la plaza Mayor pasa por delante sin detenerse: entre escaparates y bloques de viviendas de los años setenta se abre, casi en la misma línea de fachada, una portada de piedra del siglo XVII. Es todo lo que queda de uno de los conjuntos conventuales más antiguos de la ciudad. No es una iglesia pequeña encajada entre edificios, sino el único fragmento en pie de un convento que ocupaba media manzana.
Los agustinos se establecieron aquí en fecha temprana, cercana a la conquista, con un primer emplazamiento extramuros junto a la acequia Mayor, donde hoy se alza el Asilo; destruido en el siglo XIV durante la guerra de los Dos Pedros, la comunidad se trasladó al parador real intramuros, con salvaguarda real concedida en 1402 por Martín I. Otras fuentes documentales sitúan la fundación en 1298, a cargo del padre Francisco Salelles, y el traslado al antiguo Palacio Real en 1375. Del edificio medieval no queda nada: el templo actual es barroco, con las obras terminadas en 1651 y añadidos ornamentales del siglo XVIII. El catálogo municipal de protecciones atribuye la autoría a Juan Ibáñez, atribución que la ficha autonómica formula con prudencia, como la más probable según los indicios.
Es de nave única, con cuatro capillas abiertas a cada lado entre contrafuertes, cúpula de media naranja en el crucero y coro alto a los pies; pilastras de orden corintio marcan los tramos de la nave, cubierta con bóveda de cañón con lunetos. La cúpula voltea sobre un pequeño tambor, apoyada en pechinas y coronada por una linterna alta, y el presbiterio, cuadrado y de cabecera recta, se cubre con bóveda ochavada sobre dos trompas agallonadas. Lo que se ve desde la calle es la portada, y merece un minuto: construida en sillería, con jambas de piedra careada ranuradas y dintel de sillares radiales, enmarcada por dos columnas toscanas y un frontón roto con volutas y pináculos sobre un entablamento con triglifos, que conduce al motivo principal, el escudo de la orden; encima, una ventana enmarcada de rocallas genuinamente barrocas con la imagen de San Agustín. La parte inferior de la torre, también de sillería, resuelve la esquina del edificio.
El retablo del altar mayor estaba datado en 1771, con intervención de José Vergara y dorado de Gonzalo Coll, y el interior estuvo decorado con frescos de Joaquín Oliet. En 1835 el convento se clausura; en 1849 el complejo pasa al Ayuntamiento, que lo destina a Gobierno Civil, Delegación de Hacienda e incluso cuartel militar, y solo el 19 de octubre de 1957 se devuelve a la Orden de los Agustinos, lo que permitió el regreso de la comunidad. En 1974, por especulación urbanística, se derribó todo menos la iglesia conventual, que pudo restaurarse y reabrirse al culto; en su lugar se levantaron bloques de viviendas y desaparecieron, de manera nunca aclarada, las esculturas de Ignacio Vergara que presidían el nicho principal del altar mayor. Sigue perteneciendo a la Diócesis de Segorbe-Castellón y abierta al culto, así que ver la cúpula y el presbiterio depende del horario de misas; la portada, en cambio, se puede mirar a cualquier hora, y gana por la mañana, cuando la luz entra de lado por la calle.